Poco riesgo y buen sueldo, dijeron. Debería haber hecho caso a mi instinto. ¿Pero cómo iba a imaginarme
algo así? De vez en cuando, los tratos salen mal, pero si posees un ingenio y una espada bien afilados, puedes
salir bien parado. Pero ¿esto?
El anuncio llevaba el sello del mismísimo rey Ctesphon, e invitaba a todos los aventureros y mercenarios
interesados en ganar una buena cantidad de oro a cambio de poco trabajo a reunirse en la plaza central de Khemi. Yo me encontraba sin trabajo
y sin blanca, y el anuncio no tenía nada de sospechoso. Con frecuencia, los bandidos que merodean por los
caminos del desierto se vuelven demasiado atrevidos y el rey recluta un pequeño ejército de rufianes para mandarlos
de vuelta a sus escondrijos. Es un trabajo aburrido en medio del desierto, sin ninguna ramera o taberna a la vista,
pero pagan bien y los bandidos, en inferioridad numérica, suelen huir en vez de luchar, así que
las probabilidades de regresar de una pieza son bastante altas. Mejores que las de cualquier guerra en la que haya participado.
En cualquier caso, pensé que esto sería igual, pero no lo fue.
Acudimos unos cuantos a la reunión en la plaza, la mayoría estigios, por supuesto, pero también había algunos
filibusteros de las tierras del norte. Se mantuvieron apartados formando un pequeño grupo, a cierta distancia del resto de nosotros,
con expresión incómoda.
Los guardias reales llegaron y despejaron una zona en el centro de la plaza para el heraldo real.
"Buscamos cazadores de tesoros", anunció mientras contemplaba a la variopinta chusma
que había acudido a la llamada. "Hemos descubierto las ruinas de una ciudad antigua y necesitamos
valientes dispuestos a viajar hasta ellas para recuperar los tesoros que esconden. Por cada tesoro
que recuperéis, recibiréis una suma de oro. Por lo que sabemos, las ruinas están deshabitadas. Como no
queremos divulgar el paradero de estas ruinas —y del tesoro—, si queréis uniros a nosotros, tendréis que
aceptar tres condiciones.
En primer lugar, seréis transportados a las ruinas a bordo de un carromato con los ojos vendados.
En segundo lugar, se os prohíbe tener contacto con cualquier persona fuera de las ruinas mientras
estáis allí.
Y por último, llevaréis uno de estos". Lo que sostenía en alto era un brazalete de oro con una centelleante joya de color verde. Me encontraba demasiado lejos para discernir los detalles, pero recuerdo que pensé que solo por el valor
del brazalete —si es que era auténtico— ya merecía la pena aceptar el trabajo.
"¿Dónde está el truco?", preguntó un tipo corpulento vestido de cuero que portaba un mazo de aspecto temible. Yo también pensé lo mismo.
Había algo que no encajaba. Todo sonaba demasiado bueno para ser cierto.
"El truco", repuso un hombre ataviado con una túnica negra mientras apartaba a un lado al heraldo real para confrontar al mercenario que había
alzado la voz, "es muy sencillo". Levantó un brazo y vimos claramente que llevaba un brazalete dorado exactamente igual al que el heraldo había mostrado momentos antes.
"Si tratáis de quedaros con cualquier cosa que encontréis en las ruinas o escapáis de ellas con la intención
de vender este brazalete, seréis castigados". El hombre de la túnica negra agitó la mano y, en vez del brazalete de oro que sostenía hace unos instantes,
vimos una pequeña serpiente dorada con brillantes ojos verdes. La arrojó al rostro del corpulento mercenario.
El hombre chilló y se llevó las manos a la cara, pero era demasiado tarde. Empezó a convulsionar, echando espuma por la
boca mientras se ponía horriblemente pálido. Cayó al suelo, aún presa de contracciones.
El hombre de la túnica negra pasó por encima del moribundo y recogió la serpiente centelleante del
suelo. Para entonces, se había convertido de nuevo en un simple brazalete.
La multitud murmuró inquieta. Estábamos acostumbrados a los sacerdotes de Set y sus sangrientos puñales, pero una
brujería tan descarada implicaba un pacto con poderes aún más oscuros, el tipo de pacto que mancha el alma de un hombre con una
oscuridad que no se puede limpiar.
"Ahora, si aceptáis nuestras condiciones, dad un paso hacia delante". El heraldo real se había adelantado de nuevo para
dirigirse a la multitud y el hechicero de la túnica negra se había retirado detrás de los guardias.
Inmediatamente, alrededor de la mitad de los asistentes dieron un paso hacia el heraldo, ansiosos de aventura. Bastantes
se marcharon, visiblemente inquietos ante la demostración de poder que habían presenciado.
Yo me quedé. No soy un hombre supersticioso, pero sabía que en este mundo había cosas que estaban más allá de mi
comprensión y no quería saber nada de ellas.
Por otro lado, mi talega colgaba lánguidamente sobre mi costado y tenía los labios agrietados
por la sed.
Debería haber seguido mi instinto, pero opté por la vía de los necios y ahora estoy aquí, destinado a morir en
las tierras del exilio. Solo soy otro exiliado perdido en mitad del desierto...